Mi historia con el barro

Mi historia con el barro

Desde el arenero a la cerámica.
Escribiendo mi artículo anterior sobre el Barro en terapia , noté que no he dado mucho protagonismo a mi voz en este Blog. Creo que pretendiendo descansar en la seguridad y solidez de las citas de expertos, he estado evitado exponerme. Sin embargo, me parece que para darme a conocer es necesario también, darme un lugar para hablar, sobre todo, cuando respecta al mundo del barro y la arenas.
Entonces; sucede que desde pequeña me gusta jugar con tierra, si bien no ensuciarme las manos, pero era un sacrifico que estaba dispuesta a hacer. Y aunque no sé muy bien qué vino primero, no es coincidencia que en mi casa contáramos con un arenero de arena negra en el patio. Pronto este se volvió una espacio seguro para mi, donde pase una parte de mi infancia explorando(me) junto a mis hermanas(o). Recuerdo que nunca fui una niña de repostería, como pasaba mucho en el arenero, sino más bien mi imaginación estaba puesta en la construcción técnica. Hacer puentes, edificios, carreteras y más puentes con mezclas de agua y sedimentos extraños, divididos en diferentes partes bajos formulas que jamás registré, era mi vocación. Y desde ahí, construir ciudades confiables y seguras, habitadas por pequeños ciudadanos imaginarios, mi compromiso. Como si de una empresa de construcción se tratase, el mejorar mis técnicas y materiales era un proceso constante.
Y no sé si llamarlo destino, universo o hacer alusión a alguna deidad, pero sucede que cuando ingresé al preescolar (3-4 años) justo en mi sección del patio de juegos había un cajón de arena de tierra negra. Maravilloso. En ese momento, junto a mi compañera de juegos, nos autodenominamos las «Reinas del arenero». Esto, claramente, era una forma de autoproclamación del espacio para dejar fuera a las(os) demás niñas(os) intrusos del jardín, dándonos total libertad de construir y crear en todo recreo posible.
Así pase años de mi vida, jugando en estos areneros. Y aún recuerdo el olor a tierra o la incómoda sensación de arena bajo de mis uñas, así como el dolor al descubrir que en mi trayecto de excavación había una piedra puntiaguda que se incrustaba entre mis dedos. Pero las obras continuaban, y yo creciendo con ellas.
Probablemente nunca sabré cuál fue mi último día en esos areneros. Probablemente me levanté y me fui sin sospechar que no volvería a embarrarme, ni a tragar tierra negra, por bastante tiempo.
Pues no fue hasta una década más tarde que me volví a encontrar con la tierra, ahora bastante más suave y dócil en forma de barro. Esto, el día en que mis hermanas insistieron que me metiera a clases de cerámica junto a ellas. Y como imaginarán, fue como volver a conectar con mi elemento. Si bien durante todo ese tiempo me mantuve creando activamente, ni la pintura, ni el dibujo, ni la fotografía lograban movilizar en mi las cosas que una bola de arcilla logra. Y así, poco a poco, fui conociendo este mundo y sus rincones. Dándome cuenta de que hay un lugar para la gente del arenero en la vida de adultos.

Años más tarde con la pandemia (2019), una de mis hermanas decidió incursionar en el mundo de la cerámica de forma «seria», por primera vez. Y lo que empezó como una idea, terminó volviéndose hoy uno de los talleres de cerámica más conocidos de Concepción: Lima y Mango. Un nombre que entrega reconocimiento a dos de nuestros perros ( la Lima y el Mango), otro par de seres a los que les que les debo mucha gratitud por las horas de compañía en el taller, contra viento y marea. Y así, lo que comenzó en nuestro garaje se volvió una expansión en el patio, justamente sobre el lugar donde alguna vez estuvo el arenero, y es hoy una hermosa y abundante casa-taller, la cual, me dio la libertad de crear, aprender y enseñar cerámica.
Y, como sospecharán, paralelamente a este proceso yo cursaba la formación de mi carrera (que sí, también tiene mucha importancia para mi aunque no hablaré de eso aquí), por lo que para cuando terminé mi formación, trabaje la mitad del tiempo en el taller y la otra mitad en el ejercicio clínico de la psicológica. Y, aunque debo decir que esto no duró mucho tiempo, dicha dinámica de arte, reflexión, integración y dialogo constante, un día se vio iluminada. Más honestamente, una alumna hizo un comentario casual al aire que, de cierta forma, cambio mi vida – «Esto es tan terapéutico» – y así de fácil, una idea apareció en mi cabeza.
Pues la verdad es, y esto no lo comenté antes, que para mi la arena y luego el arte fueron siempre espacios terapéuticos. Durante mi infancia y mi crecimiento me enfrenté a diferentes desafíos, desde la dislexia hasta ansiedad y otros diagnósticos que ya tendrán lugar, y aunque ahora me parece obvio, en la mayoría de esos procesos el arte siempre ocupó un lugar muy importante. Crear, arriesgándome a probar nuevos materiales y proyectos, fue el primer empujón que me ayudó a salir de la timidez y nerviosismo que me acompañó durante en mi infancia. Fallar y volver a comenzar muchísimas veces diferentes propuestas (más de las que mi ego quiere reconocer) fue una experiencia que hoy me permite ser una persona que está dispuesta a enfrentar el fracaso y el éxito. Y, para no extenderme infinitamente, aprender a conocerme por medio de los materiales y mis procesos, fue la primera vez en la que comencé a verme a mi misma con otros ojos. A apreciar lo que había dentro de mi.
En el arte ya no me veía como la niña distraída y desordenada que luchaba contra lo académico, y que se la pasaba pegada al techo imaginando escenarios donde fuera libre y capaz. Fantasías donde ella podía tomar decisiones y cambiar las cosas. La expresión creativa, que en un inicio fue el hacer puentes de arena negra, me dio un espacio donde podía mirar lo que había dentro de mí y encontrarle cierto sentido, darle orden, solidez y ponerlo al servicio de mi crecimiento, y por eso, estaré siempre infinitamente agradecida con el arte.
Y hoy, ya con 25 años, terminando el último año de mi formación en arteterapia y cada día más cerca de abrir un nuevo taller LimayMango en Barcelona, así como extrañando infinitamente a mi familia y el espacio de encuentro que la cerámica me dio con la Panchi y la Mari, puedo decir con enorme orgullo que: lo mejor de mi día sigue siendo ir a jugar con tierra junto a mis hermanas.





